22 ago 2006

Carta de Juárez al Pueblo y a los Maestros de Oaxaca


Estimados maestros:

Hace 134 años una enfermedad que quebrantó mi salud pero no mis convicciones, me quitó la vida cuando sólo tenía 66 años. Mis últimos pensamientos los dediqué a mi inseparable esposa, a mis hijos, a mi familia originaria que dejé en San Pablo Guelatao a muy tierna edad para aprender el castellano, a leer y a escribir con el Silabario del Padre Ripalda, pero sobre todo, mis últimos pensamientos fueron para mi Pueblo pobre, analfabeto, mi pueblo permanentemente acosado y explotado por los que todo lo tienen y por los que no lo tienen pero se prestan para seguirlo manteniendo en la ignominia.

El último de mis suspiros fue acompañado de mi preocupación por no saber qué sería de la República que tanto amé y de los miles y miles de mexicanos que junto a mí lucharon contra los vendepatrias, los extranjeros ocupantes, la iglesia retrógrada y los terratenientes. Sin embargo, pronto llegó a mí la resignación porque otros tomaron las bandera que yo dejé ondeando y me dieron muestras de dignidad luchando contra todos los males que azotaban al país; ví también desde muy lejos como uno de nuestros paisanos --Porfirio Díaz-- se erigía en Presidente de la República enarbolando los ideales de libertad y justicia, y poco a poco se fue convirtiendo en un dictador asesino que gobernó por 30 años con el apoyo de las compañías extranjeras, de la iglesia reaccionaria y de los señores dueños del campo que se protegían con ejércitos de su propiedad --los rurales-- asolando los caminos y los pueblos y manteniendo a raya a los que se atrevían a protestar aplicándoles castigos de los más terribles en los campos de concentración que ellos llamaban haciendas, hasta llegar al asesinato impune, fieles entendedores del dictado de su amo: “Mátenlos en caliente”.

Pero no hay mal que dure 100 años ni pueblo que lo soporte, y los mexicanos, consecuentes con los principios más elementales de justicia y democracia, se levantó en armas contra el tirano y tomó como suyas las ideas de otro de nuestros paisanos, el insigne Ricardo Flores Magón, al grito de “Tierra y Libertad”, echando al déspota dictador fuera del país y dándole a México una de las constituciones más avanzadas de la época la Constitución de 1917. Claro que eso no fue tan sencillo, como tampoco lo fue parir la constitución de 1857, estoy hablando de una lucha social irreconciliable contra los que quieren mantenernos en el atraso, en la ignorancia; contra los que quieren a México y sus riquezas sólo para ellos y eso es inaceptable. Quiero aclararles que no es mi intención aburrirlos con las cosas anteriormente dichas, pero me pareció necesario decirlas para entrar de lleno a lo que me motivó escribirles estas líneas. Vayamos al grano.

Tengo entendido que por nuestra querida Oaxaca, hoy en día padecen ustedes un mal gobierno, un gobierno que fue impuesto desde las mas altas esferas del poder y por encima de la voluntad popular, un gobierno que encabeza un hombrecillo que nació en Oaxaca pero creció y se educó fuera de nuestras tierras y aprendió muy malas mañas, algo que ustedes llaman mapachería y que no entiendo bien a bien por qué, si los mapaches son unos mansos animalitos que allá en la sierra disfrutábamos de su carne, ese hombrecillo es un tal Ulises de apellidos Ruiz Ortiz, y que no conforme con burlarse de la voluntad de un pueblo que no lo eligió, se ha dedicado a saquear las arcas públicas, a entregar las tierras oaxaqueñas a los extranjeros para que hagan negocios, a destruir nuestra otrora bella Verde Antequera, a contratar mercenarios para atacar la Libertad de Expresión que tanto nos costò conseguir, a utilizar la fuerza pública para golpear, perseguir, secuestrar, encarcelar y asesinar a los mejores hijos e hijas de Oaxaca, y eso es un crimen que en mi tiempo ya hubiéramos juzgado y castigado pasándolo por las armas, como sucedió con Maximiliano en el Cerro de las Campanas. A propósito; viene a mi mente una carta que le escribí a Maximiliano cuando me invitaba a reunirme con él en la ciudad de México para ponernos de acuerdo y lograr “un entendimiento amistoso”, algo parecido a lo que este maldito sátrapa de Ulises Ruiz Ortiz pide desesperadamente por todos los medios, después de reprimir a bayoneta limpia el 14 de junio a los maestros oaxaqueños, después de asesinar a ciudadanos, después de secuestrar y encarcelar a luchadores sociales.
En esa carta yo le dije:

“…Tengo la necesidad de concluir, por falta de tiempo, y agregaré sólo una observación. Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de los bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia: Ella nos juzgará.”

Pónganse alertas, estimados conciudadanos, no se dejen sorprender por los traidores y los vendepatrias, como lo pretendieron en mis tiempos los traidores de Miramar; las luchas son así. Yo recuerdo haber recorrido el país en una carroza, por mucho tiempo, perseguido por los conservadores reaccionarios que hoy podrían ser los del PAN y los del PRI, pero al final la razón siempre triunfa, tengan fe en ustedes mismos, en su unidad inquebrantable, en sus dirigentes honestos, demócratas y libertarios que hoy impulsan la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca y la gloriosa Sección 22 del Magisterio, que estoy seguro nos darà ahora nuevamente una lección de firmeza rechazando los cantos de las sirenas, las luchas “representativas” en los momentos menos oportunos, y los llamados a la defección y el regreso a clases como si regresando a clases un día más o un día menos, resolviera los problemas ancestrales de cultura, educación y marginación de nuestros pueblos. ¡Cuidado! La decisión que hoy van a tomar es histórica: el pueblo de Oaxaca lo exige pues hasta aquí escucho el clamor y los gritos de libertad. “¡Que caiga el sátrapa Ulises Ruiz Ortiz!”, que venga después un buen gobierno, un gobierno que mande obedeciendo y que atienda los problemas de todos los pueblos y comunidades. Está en sus manos dar en nuestra tierra una batalla más como la dimos quienes nos tocó hacerlo en nuestro tiempo. Recuerden lo que yo alguna vez escribì a los mexicanos para que no claudicaran en la lucha:

“Mi fe no vacila nunca. A veces, cuando me rodeaba la defección en consecuencia de aplastantes reveses, mi espíritu se sentía profundamente abatido. Pero inmediatamente reaccionaba. Recordando aquel verso inmortal del mas grande de los poetas --ninguno ha caído si uno solo permanece en pie--, más que nunca me resolvía entonces a llevar hasta el fin la lucha despiadada, inmisericorde para la expulsión del intruso”.

¡Ni un paso atrás Pueblo y Maestros de Oaxaca!

¡Que la historia los juzgue!

Suyo por siempre.

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